Lo siguiente es una experiencia de mi hermano, primo, sobrino, amigo y muchas cosas más que faltaría espacio poner para poner. Aquí les va y estoy seguro que les gustará tanto como a mí:Lo que les relataré en unos segundos no pretende invitarlos a compartir algo de sensibilidad ni mucho menos de reflexión. Sin embargo, si así sucediera, en hora buena.
El lugar donde sucedieron los hechos, el I.E.P.N°86624-SHILLCOP, o bien Institución Educativa Pública Número: ocho - sesenta y seis- veinticuatro, del pueblo de Shillcop, en Huaraz. Aquel año, el 2006, el Colegio Champagnat había determinado que el destino “educativo”, más turístico, para los alumnos de cuarto de secundaria, sería aquella ciudad de montes congelados, de ciudades sepultadas, de cordilleras andinas. Emocionado, me apresuré a fijar documentos y pagos con la anticipación que se me permitió, no solo porque siempre anhelé conocer la impecable nieve, escalar un nevado (aunque pequeño) y vivir excesivamente abrigado y agitado por la altura, sino porque así añadiría una más a mi lista de ciudades de la Sierra Peruana conocidas y una menos a mi lista de ciudades del Perú por explorar.
Un par de meses adelante y ya en camino, en el autobús, estábamos todos listos para ser recibidos por el frío y seco clima que seco y frío nos esperaba. Recuerdo los distintos ánimos y expectativas nuestras expresadas en cada preparativo. Yo fui, como siempre, recargado de elementos que me permitirían exprimir y hacer un nutriente jugo de lo que conocería allá, como mis potentes binoculares, mi cámara digital, mis zapatillas especiales para terrenos hostiles, mi casacón-alerta (una casaca gruesísima y de un color muy encendido que según mi Papá, quien la compró, evitaría que me pierda en la nieve), etc. Me encanta visitar la Sierra, admirarme de sus imágenes y de su vida, aprovechar cada detalle en cada lugar donde haya algo interesante que sentir y más aún si es un clima, un entorno nuevo que no he vivido antes. Por otro lado, algunos individuos van equipados para competir por la copa mundial en sus Play Station portátiles; vociferar las denigrantes letras de Reggeaton que les reproduce su Ipod; ellas para decidir con cuál de los veintidós conjuntos de ropa (para un viaje de tres noches y cuatro días) le caerán a qué chico (porque en un viaje “de heechoo nos juergueamos ricooo”), y por último aquellos/as que no esperan por llegar al “pituuuco” hotel por el que están pagando (sus padres).
Bueno, más adelante, ya instalados en el “pituuuco” hotel, que para mi agrado y respiro era muy rústico y campestre y nada ostentoso ni falso, era hora de cumplir con nuestro primer destino en Huaraz, el tour de la ciudad. Los carros que nos llevarían ya nos esperaban estacionados. Francamente esta primera visita no me apetecía tanto como las que vendrían los siguientes días, pero todos parecían interesados en el tour de la ciudad pues podrían descansar del largo viaje, paseándose por las plazuelas, comprándose algo en alguna tiendecilla. Sin embargo, no era aquel nuestro primer rumbo. En el carro, la voz de algún profesor nos advirtió una sorpresa, una primera parada.
Enseguida nos adentramos hacia algún pueblo, distanciándonos de los caminos que nos llevarían al centro de la ciudad. No se me ocurría qué tipo de sorpresa nos podrían haber preparado pero me pareció interesante, entonces impaciente, esperé sentado. El carro sobreparó al lado de una cabaña un tanto amplia. Los demás carros hicieron lo mismo, detrás del nuestro. Y un letrero verde, con la palabra escrita en blanco, Shillcop.
Escuché un par de voces quejumbrosas, “puta, alucina que lo único que me afana es Pastoruri, ¿para qué nos traen acá?” Escuché un par de voces decepcionadas, “ayy pensé que nos íban a llevar a ver un show o algo así”. Escuché mi voz y no escuché, yo no sabía de qué se trataba. Evidentemente visitaríamos la cabaña, pues no había nada más alrededor que paisajes. Luego me percaté de otro cartel, que explicaba la función de la cabaña: “I.E.P.N° 86624, INSTITUCIÓN EDUCATIVA PÚBLICA. Nos bajamos y nos explicaron que visitaríamos a las clases de 1ero y 2do grado, junto a los profesores. Nos exigieron respeto y buena disposición. Apenas entré, me maravillé.
En su gastadísima e ininteligible pizarra oscura estaba escrito con tizas de colores “BIENVENIDOS COMPAÑEROS”; dos niños nos colgaban en el cuello unos carteles hechos a mano, con la fotografía de su pueblo en ellos y el nombre de su modesta escuela. De pronto sentí que todo se aceleraba, todo pasaba más rápido. De pronto estábamos todos nosotros, limeños acomodados, frente a un gran grupo de niños y adolescentes y profesores huarasinos, sentados sobre las mesas y sillas viejas y enclenques sobre las que ellos suelen aprender a leer, a escribir, a su avanzada edad. De pronto unos niños nos bailaban danzas conocidas tan solo por ellos, nos cantaban y recitaban poesía en su idioma y en el que aprendían (el nuestro), nos actuaban y con tanta energía, con tantas ganas, con tanta alegría. Era un extraño contraste el que yo percibía, viéndolos y viendo sus condiciones de vida, de estudio, sus ropas repetidas, su escaso desarrollo (físico e intelectual pues muchos no podían aparentar su edad) y el entusiasmo con el que nos regalaban esos momentos, ese tiempo de ensayo, ese tiempo suyo.
Terminando la presentación, un profesor me eligió para pasar al frente y agradecerles en nombre de la promoción y del colegio. Lo hice, me paré frente de todos y les expresé nuestro agradecimiento, felicité a los profesores y en mi mente quería disculparme por no haberles entregado lo mismo, por no haberles traído un espectáculo, o libros, o lápices, o ropa, o la simple energía con la que ellos nos recibieron en su recinto. Yo me preguntaba por qué nos habían hecho eso, ¿qué razón tenían? Ninguna. Eran ellos y sus corazones de Sierra, ellos y su humildad, su cariño nato y sinceridad. Por alguna razón estaba molesto, indignado conmigo, pero esa indignación se esfumó en el momento que nos despidieron con un postre preparado por sus propias manos: mazamorra de calabaza en vasitos de tecnopor, y junto con el dulce, un niñito hecho de papel de color y palitos de helado. Tuve que salir del lugar para no mostrar mis lágrimas de impotencia o resentimiento o vergüenza, y en ese momento me cuestioné tantas cosas sin llegar a responderme.
De toda esta experiencia pienso en nuestra indiferencia. Me comparo con el niño que me entregó el postre y el recuerdo y no logro entender por qué no disfruta de mis posibilidades, de mis capacidades, me pregunto si algún día lo hará y mi respuesta no me agrada. Es cierto que en nuestro país el turismo es un principal exponente. El problema es que no estoy seguro si los destinos turísticos más publicitados son los indicados.
GONZALO DEL AGUILA